Rosa Franquet i Calvet, Catedrática jubilada de la UAB
Autoridades, colegas, amigas y amigos.
Es una gran alegría recibir este reconocimiento de la Asociación Española de Investigación de la Comunicación, un colectivo de investigadores e investigadoras que nació con la voluntad de estimular el intercambio de ideas, metodologías y resultados de investigación en el ámbito de la comunicación.
En primer lugar, quiero expresar mi agradecimiento a Belén Monclús por sus palabras generosas y afectuosas, que me han permitido revivir momentos de enorme felicidad, pero también situaciones de cierta complejidad que forman parte de toda trayectoria académica prolongada. Asimismo, deseo agradecer profundamente este homenaje, así como los distintos premios y distinciones recibidos a lo largo de mi carrera, que compensan con creces el compromiso, el esfuerzo y la dedicación sostenidos durante tantos años.
Es obligado, igualmente, reconocer a quienes, con visión de futuro y una gran dosis de generosidad, impulsaron la AE-IC en el año 2006. Aquella iniciativa excepcional ha dado numerosos frutos a lo largo de sus años de existencia. También, quiero agradecer a los sucesivos equipos que han guiado el rumbo de esta institución, cada uno de ellos contribuyendo a mejorar el trabajo de sus predecesores, una práctica que, como sabemos, no siempre resulta habitual en las organizaciones.
De manera muy especial, quiero agradecer a la junta directiva que compartió conmigo años de entrega en un momento especialmente difícil. Y, por supuesto, a la actual presidenta, Carmen Peñafiel, que ha asumido una nueva etapa con renovada energía y con proyectos orientados a situar a la AE-IC entre las asociaciones europeas e iberoamericanas de mayor prestigio y reconocimiento. Una asociación que aborda, periódicamente, una reflexión colectiva entorno a las problemáticas más relevantes del campo de la comunicación.
En un acto como este, no sería justo olvidar a todas las personas que, a lo largo de los años, han contribuido a forjar mi trayectoria universitaria, una carrera de más de cuatro décadas. Sería pretencioso pensar que todo se consigue únicamente por méritos propios, especialmente si recordamos el contexto en el cual inicié mi recorrido académico, caracterizado por una gran precariedad y por la ausencia de mujeres docentes.
Tuve, sin embargo, la fortuna de coincidir con colegas que me ofrecieron las primeras oportunidades para iniciar mi trayectoria en la universidad y para superar inseguridades y carencias. Sin ánimo de ser exhaustiva, porque la lista sería extensa, quiero recordar a algunos de ellos que desgraciadamente, ya no se encuentran entre nosotros, como Antonio Lara, Justo Villafañe, Enrique Bustamante o Armand Mattelart. Y también a otros académicos que siguen siendo referentes, como Miquel de Moragas, Emili Prado, Román Gubern o Giuseppe Richeri. Todos ellos me brindaron su apoyo en los inicios y en momentos clave de mi desarrollo personal y académico.
Resulta difícil resumir tantos años de vinculación con la universidad. Primero, como estudiante en los años setenta, del siglo pasado. En un periodo, en que la sociedad y la enseñanza reglada atravesaban una etapa convulsa. Después, como profesora en la década de los ochenta, cuando el sistema universitario debía afrontar los retos derivados de la nueva coyuntura social y política del país, así como las transformaciones que empezaban a emerger con la llegada de los primeros ordenadores y con el largo proceso de digitalización de la sociedad.
Los primeros años en la Universitat Autònoma de Barcelona fueron difíciles, sobre todo por la inexperiencia, la falta de medios, la escasez de recursos tecnológicos y la limitada disponibilidad de referentes y bibliografía específica, especialmente en el ámbito audiovisual.
Fue una coyuntura compleja, pero también, a pesar de las dificultades, enormemente estimulante. La energía de la juventud y el atrevimiento de la inexperiencia nos permitieron superar muchas dificultades, y diseñar proyectos e iniciativas con el propósito de mejorar la realidad existente, como continuación a nuestro compromiso para alcanzar las libertades durante los últimos años de la dictadura.
Una de esas iniciativas colectivas fue la creación de una editorial, Feedback Ediciones, quecomo pueden imaginar, tuvo consecuencias ruinosas para nuestras finanzas, aunque fue muy enriquecedora en términos intelectuales y profesionales. También participamos en la creación de la primera spin-off de comunicación de la UAB, una experiencia pionera que anticipaba la importancia de transferir el conocimiento más allá del ámbito estrictamente universitario.
Vivíamos una coyuntura marcada por enormes desafíos derivados de una profunda transformación social. En ella nos implicamos asumiendo rápidamente responsabilidades docentes, de gestión, de investigación y de transferencia. La docencia, con grupos numerosos, debía combinarse con la elaboración de la tesis doctoral, que en aquella época se escribía, todavía con una máquina de escribir.
En el proceso de digitalización atravesamos una primera fase que podríamos denominar de “evangelización”, orientada a convencer a distintos colectivos universitarios sobre la necesidad de adoptar determinadas tecnologías. Aquello no solo implicaba modificar formas de trabajo, sino al mismo tiempo transformar mentalidades. Más adelante, llegó una segunda fase, la de la desmitificación de las supuestas bondades de las nuevas tecnologías, que nos llevó a incentivar investigaciones sobre las consecuencias que una adopción acrítica podía tener para distintos colectivos sociales. Tal vez, algunas de aquellas enseñanzas puedan aplicarse hoy al proceso de cambio derivado de la emergencia y expansión de la inteligencia artificial.
El ámbito académico de los años ochenta y noventa marcó mi actividad en dos sentidos fundamentales. En primer lugar, destaca la implicación en proyectos colectivos, como el impulso de revistas, asociaciones y actividades destinadas a situar la comunicación en el rango universitario que merecía y que, en aquellos primeros años, pocos reconocían. Ese menosprecio nos obligó a trabajar intensamente para consolidar el área de comunicación audiovisual y de la publicidad, un área de conocimiento cuestionada desde distintos sectores de la universidad que no admitían la singularidad de los estudios de comunicación ni su carácter experimental. Se requería, por tanto, un reconocimiento que permitiera cubrir las necesidades de equipamientos, profesorado, docencia e investigación que exigía este sector. Algunas de aquellas reticencias, desafortunadamente, todavía persisten.
En segundo lugar, mi atención se dirigió a estimular actividades que garantizaran la igualdad de género, especialmente mediante la promoción de la paridad en foros académicos y profesionales. Fue y sigue siendo un compromiso orientado a reclamar que las académicas podamos formar parte de cualquier espacio de decisión y debate, superando el síndrome de la impostora y practicando una sororidad efectiva.
En paralelo, era necesario permanecer atenta a las problemáticas sociales. Esto implicó impulsar acciones de transferencia incluso antes de que la transferencia estuviera incorporada a la agenda de la evaluación académica. Algunas de esas acciones han caracterizado mi trayectoria: el compromiso con las radios libres, las radios y televisiones municipales, los medios comunitarios, los cursos de radio en la prisión de mujeres de Wad-Ras o las actividades desarrolladas en torno al Premio Möbius nacional e internacional destinado a estimular producciones multimedia de calidad.
Los desafíos derivados de mi actividad docente e investigadora me llevaron también a buscar respuestas en universidades internacionales de gran prestigio. A finales de los años noventa, gracias a una beca, realicé una estancia en la University of California at Berkeley. Aquella experiencia me permitió vislumbrar la enorme transformación digital que se avecinaba y la emergencia de Internet en el corazón de Silicon Valley.
Ya en el siglo XXI, la búsqueda de nuevas herramientas docentes e investigadoras que ampliaran mi perspectiva académica me llevó hasta las antípodas, concretamente a la Universidad de Melbourne. Allí surgieron nuevos proyectos, como los trabajos finales de máster compartidos entre estudiantes de la UAB y de universidades australianas. También puedo destacar la colaboración con la University of the South Pacific en la preparación de los comunicadores y las comunicadoras de la delegación de las islas Fiyi para la Cumbre de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, la COP21 de París.
En paralelo, la emergencia de las nuevas tecnologías exigió analizar los nuevos entornos digitales y las transformaciones que estos introdujeron en la creación, producción, distribución y recepción de contenidos. Las investigaciones desarrolladas en aquel periodo en el marco del GRISS -el primer grupo de investigación en este ámbito reconocido por la Generalitat de Catalunya- se centraron en el estudio de los cambios en las rutinas productivas, sus lógicas de funcionamiento, los encuadres a partir de los cuales se construían los relatos, los nuevos mecanismos de distribución de contenidos y las formas en que los mensajes llegaban a las audiencias. Asimismo, se realizaron aportaciones al analizar las políticas de comunicación, la estructura de propiedad de los grandes conglomerados mediáticos y tecnológicos, entre otros aspectos.
Los conocimientos acumulados durante el proceso de digitalización nos pueden ayudar hoy a analizar las consecuencias de la adopción de nuevas herramientas que condicionan la creación, distribución y recepción de contenidos, y que generan nuevas prácticas sociales y comunicativas.
Como hicimos durante la adopción de tecnologías precedentes, necesitamos ahora reflexiones críticas que iluminen los problemas éticos, sociales, culturales y políticos derivados de la implantación de la inteligencia artificial en todos los ámbitos de la vida.
Estas preocupaciones ya forman parte del debate público como la regulación del uso de teléfonos móviles y el acceso a las redes sociales entre menores, o la dificultad para reconocer la autoría y la autenticidad de los mensajes. A esto se suman los procesos de suplantación de identidad, que generan desprotección e indefensión y afectan de manera grave a determinados colectivos, entre ellos las mujeres y, especialmente, las más jóvenes.
Desde el ámbito de la comunicación, podemos y debemos aportar conocimiento que contribuya a orientar las políticas públicas, enriquecer el debate social y favorecer la construcción de marcos regulatorios capaces de proteger los derechos fundamentales y a los colectivos más vulnerables. La implementación de la inteligencia artificial nos interpela acerca de cómo adoptar estos avances y herramientas de manera responsable, de modo que sus beneficios contribuyan a una sociedad más justa, equilibrada e inclusiva, capaz de mitigar las fracturas sociales existentes.
Venimos de un entorno marcado por la escasez informativa y nos encontramos ahora en un ecosistema saturado de mensajes, que paradójicamente puede favorecer la desinformación. Los recursos que permiten generar contenidos automatizados y personalizados no siempre facilitan el diálogo social; al contrario, con frecuencia, refuerzan ideas previas, fomentan el aislamiento y reducen la empatía al situarnos en burbujas de confort personal donde se limita la exposición a experiencias, perspectivas y realidades diferentes.
La etapa actual plantea desafíos de enorme magnitud para el ámbito de la comunicación. Estos retos nos obligan a preguntarnos cómo podemos contribuir, desde la investigación, a orientar un proceso tan incierto como decisivo: la implementación de la inteligencia artificial en la sociedad.
Se trata de un desafío cognitivo, ético y político de primer orden, que debe abordarse colectivamente mediante procedimientos transparentes de colaboración académica y ciudadana, capaces de aportar datos, evidencias y reflexiones rigurosas que garanticen la legitimidad de nuestra labor ante la sociedad.
En los últimos años, la investigación ha experimentado un crecimiento exponencial. Sin embargo, este crecimiento no siempre ha ido acompañado de políticas adecuadas de renovación y fortalecimiento de las plantillas universitarias. Como bien sabéis, la congelación de plantillas dificultó la incorporación de nuevo talento a los cuerpos docentes durante casi una década y comprometió un relevo generacional armónico, en un contexto en el que la política universitaria y las exigencias curriculares asociadas a la obtención de una plaza contribuyen a fomentar un clima de creciente competitividad.
Es imperioso huir de las estrategias orientadas únicamente a la obtención de éxitos a corto plazo, que alimentan una competitividad enfermiza y una individualidad egocéntrica y estéril, incapaz de afrontar con rigor las problemáticas actuales de la comunicación.
Como sabemos, la investigación es una pieza esencial de la generación de conocimiento y desempeña un papel fundamental en la mitigación de desigualdades e injusticias. Por ello, el fomento de espacios de debate e intercambio libres, así como el impulso de investigaciones colectivas y colaborativas de excelencia, resultan imprescindibles para identificar y abordar las problemáticas que afectan a la ciudadanía.
No podemos ignorar, además, que la inteligencia artificial, con sus sesgos algorítmicos, plantea problemas crecientes de desinformación, manipulación, desigualdad y concentración de poder.
Sus capacidades pueden quedar en manos de un número reducido de actores con recursos económicos, tecnológicos y computacionales extraordinarios. Asimismo, se intensifican los riesgos asociados a la ciberdelincuencia, con impactos sobre los servicios públicos, la privacidad, la confianza digital y la seguridad de las personas. Todo ello exige abordar con urgencia la brecha de acceso, la necesidad de regulación y las condiciones bajo las cuales deben gobernarse estas tecnologías.
La inteligencia artificial no debe entenderse solo como una herramienta técnica, sino como un fenómeno que transforma profundamente la producción de conocimiento. Para los investigadores e investigadoras, el desafío consiste en aprovechar sus potencialidades sin renunciar al rigor, la ética, la responsabilidad social y el juicio crítico. La implementación de la IA nos plantea una revisión de los marcos teóricos, los métodos de análisis y los procesos de validación; todos ellos, aspectos esenciales en la producción del conocimiento.
Una de las últimas irrupciones de gran potencia, el nuevo modelo de IA de Anthropic, Mythos, plantea nuevos interrogantes, y se convierte en un ejemplo disruptivo de una nueva herramienta. Recientemente, la BBC se hacía eco de la innovación informando que puede superar a los humanos en algunas tareas de piratería informática y ciberseguridad, lo que ha suscitado debates entre reguladores, legisladores e instituciones sobre los peligros que podría suponer para los servicios digitales. Como apunta Edgar Morin, «La IA confirma que podemos ser instrumentalizados por nuestros instrumentos. Es decir, que podemos perder la capacidad de pensar y decidir por nosotros mismos, que es la más noble expresión de la capacidad humana».
Finalmente, debo reconocer que en una trayectoria extensa, de más de cuarenta años, han existido aciertos y logros, pero también fracasos, desengaños y frustraciones. En ocasiones, la institución universitaria nos ha obligado a afrontar situaciones difíciles sin proporcionarnos las herramientas necesarias para gestionarlas adecuadamente, una trayectoria que, en realidad, no deja de ser colectiva y compartida con colegas con quienes he tenido la fortuna de colaborar, en la docencia, la investigación, la gestión y la transferencia.
Al repasar estos años, he de confesar que me siento profundamente afortunada. La universidad y la pertenencia a asociaciones de investigación me han brindado la oportunidad de conocer a muchas personas, culturas e instituciones, y vivir experiencias de una riqueza excepcional. Todo ello ha sido posible gracias a las aportaciones de tantas personas y colegas que han estimulado mi sensibilidad, mi curiosidad y mi espíritu crítico, animándome a explorar más allá de lo evidente y de las tendencias dominantes.
En definitiva, la pertenencia a organizaciones dedicadas al intercambio y la socialización del conocimiento se vuelve más necesaria que nunca. No olvidemos que los regímenes totalitarios bombardean escuelas, restringen el acceso libre a las comunicaciones, no respetan el derecho a la educación y desean controlar los fondos destinados a la investigación. Nos encontramos ante una coyuntura mundial compleja que precisa acciones de resistencia desde sectores que hoy ven amenazada su libertad e independencia.
A modo de conclusión, quiero manifestar que para mí es un orgullo pertenecer a la AE-IC, una asociación que vela por la excelencia investigadora, favorece el intercambio académico, cuida el crecimiento personal y profesional, y enriquece el debate social mediante la transferencia del conocimiento generado en un entorno de libertad y reciprocidad colectiva.
Por ello, estoy convencida de que las aportaciones de los investigadores e investigadoras actuales contribuirán de manera decisiva a orientar desarrollos futuros destinados a mitigar las desigualdades y a fomentar una sociedad más justa y equilibrada que reduzca la actual fractura social.
Para terminar, solo decirles que recibo este reconocimiento con gratitud, emoción y responsabilidad. Lo hago consciente de que ninguna trayectoria se construye en solitario, sino gracias a las redes de afecto, colaboración, exigencia intelectual y compromiso compartido que nos acompañan a lo largo de nuestra existencia.
Muchas gracias.
